Mi oveja negra al rescate (Las polaridades)


En general solemos describirnos e identificarnos con aquellos rasgos propios que nos agradan de nosotros mismos y nos gusta que reconozcan los demás; en cambio tendemos a recortar de nuestra identidad personal determinadas características que consideramos indeseables o malas, que precisamente suelen ser las opuestas a las que nos suscitan más complacencia y que pasan a encerrarse bajo cien llaves en nuestro yo más secreto, aquel que no mostramos y que desconocemos de nosotros. Unas y otras forman lo que llamamos polaridades, en base a las cuales, aceptando unas y negando otras, vamos definiendo lo que creemos que somos: nuestra personalidad (nuestro ego).

Sin embargo, ese mecanismo turba nuestra psique, nos desequilibra porque nos asaltan síntomas que nos alteran al no permitir ordenar esas polaridades. En consecuencia distorsionamos nuestra percepción identificándonos con un polo y arrinconando al otro como contrario y ajeno a lo sentimos que somos, de modo que impedimos que los opuestos puedan emerger, ocupar el espacio que les corresponde y ser vistos y aceptados como propios, dando lugar al auto-rechazo. El problema es que no nos damos cuenta de que, al fin y al cabo, lo que recortas de ti te debilita.

Pese a esa ceguera mental las polaridades siguen estando ahí, y como dualidades no integradas se chocan y se interrumpen mutuamente debido a que amputamos nuestra conciencia, la dejamos cojeando y nos privamos de los frutos que nacen en la dialéctica de los opuestos. Porque a la par que se rechazan estos aspectos se hace un nudo con la espontaneidad, la creatividad y la fluidez,  y se obstruye la fuerza que proviene de ellas. Entramos entonces en esas experiencias personales en que nos sentimos estancados, en lucha interior e irrumpen los sentimientos negativos. A la postre, gracias a la “antítesis” que se opone a la “tesis” es posible hallar una “síntesis”, igual que ánodo y cátodo permiten que se genere la luz.

La rabia, por ejemplo, es una emoción normalmente muy reprimida, de manera que no sólo no la mostramos al exterior sino que incluso podemos ocultárnosla cerrando su acceso a nuestra propia conciencia, y taparla con una capa expresiva tejida de complacencia carialegre.

 Pero al hacer esto nos desenergetizamos, nos desconectamos de nuestra fuerza, entramos en conflicto y aparece el malestar y el sufrimiento.

Por otro lado, al tener que conducirnos entre algo que no vemos pero que en realidad está, nos estamos continuamente tropezando con ello, de igual modo que cuando alguien entra en contacto con nosotros también lo toca y lo evidencia, dando lugar al fenómeno que llamamos “proyección”, esto es, que vemos y nos molesta en el otro aquello que estamos negando en nosotros.

Es decir, el otro es el espejo en el que reflejamos lo que no estamos dispuestos a ver de nosotros mismos. 

Así, si nos hemos definido como pacíficos, dóciles y no conflictivos, estamos a la vez renunciando a la protesta, a la autodefensa, a poner límites, a decir “NO”, “Basta ya”, “Hasta aquí”. Esto hará que surjan problemas o malestar al confrontarnos con cualquiera que sí nos ponga límites a nosotros, o con aquellos que no se ponen límites a sí mismos, que invaden o toman sin medida, lo cual probará la carencia de fronteras propias. Hasta que no se haga consciente la necesidad de poner los propios límites, el que rechaza responsabilizarse de establecer sus términos culpará al segundo de su sufrimiento, cuando en realidad la situación se genera en última instancia en que está eligiendo inconscientemente alienarse con “ser bueno”, autoconcepto en el que uno se desempodera y no cabe para él el decir “NO”, siendo éste el precio que se paga por mantener la caracterización bondadosa, lo cual no quiere decir que ello exima al invasor de su responsabilidad.

Todo ello se origina en la biografía personal en la que se asignan determinadas connotaciones al significado de cada rasgo, de forma que si en el contexto particular (familia, cultura o sociedad) en el que uno se desarrolla se considera que es, por ejemplo, “ruin” “malo” o “loco” oponerse o decir NO, y mientras esto permanezca oscurecido en su conciencia, conducirá su vida hacia la evitación de cualquier actitud que le haga sentirse ruin, malo o loco. Pero como en realidad las necesidades auténticas no pueden dejarse de atender, esos límites se actuarán de la forma en que sea posible, si no se hace activamente negándose a lo que se necesita limitar, se hará pasivamente a través de mecanismos neuróticos (ciegos e inconscientes) que permiten hacerlo sin sentirse responsable: olvidos, despistes, negligencias, síntomas, somatizaciones, etc. Es el caso de la aparición de un dolor de cabeza para justificarse la no asistencia a una reunión no deseada.

Los opuestos no se originan en lugares distintos y distantes, sino en un mismo “punto cero” a partir del cual se da una diferenciación que sigue manifestando una gran afinidad entre ambos polos. Teniendo esto en cuenta, si cuando aparecen las emociones negativas permanecemos atentos al centro y tomamos conciencia de ellas, nuestra capacidad creativa se expande y podemos contemplar ambas partes de un suceso y completar lo que sea que hayamos recortado.

Cuando tomamos conciencia de las emociones negativas, ya sea la rabia, el miedo, la vergüenza, la tristeza u otras, hacemos contacto con las diferentes partes de uno mismo, y al aceptar las polaridades construimos un puente entre los extremos por el que estas emociones, en lugar quedar aprisionadas en la negación,  son transformadas en energías cooperadoras gracias a la integración de los dos polos que posibilita una síntesis creativa.

Así pues, sentirse bien está asociado con permitirse ser uno mismo sin recortes, completo, totalizado, pudiendo utilizar todos los recursos propios, porque al integrar rasgos opuestos nos otorgamos libertad de movimientos y nos permitimos ser la persona que auténticamente somos, con todo el potencial. Para eso necesito mirar de frente aquello que no admito ser, confesármelo y desenmascarar al yo secreto. El resultado es sentirse ordenado, reconciliado, unificado, puesto que se reorganiza la energía y reconectamos con nuestro poder, experimentamos nuestro ser, nuestro centro, integrando un todo estructurado que nos facilita el equilibrio y la salud mental. Vamos descubriendo así aquello que ya nos adelantó Jung: “cuanto mayor sea el contraste, mayor es el potencial”.  

Por el contrario, sentirse mal es una llamada, un signo de que te estás alejando de ti mismo: te estás alienando. Y teniendo en cuenta que irremisiblemente vas a pasar contigo el resto de tu vida, no te va a ayudar mucho esta actitud de querer ser algo distinto a lo que eres.

Necesitamos respetarnos la diversidad de nuestras emociones, hemos de tener una amplitud de visión de nuestras caras contrapuestas, dar espacio a nuestra oveja negra para no condenarnos a representar constantemente a una oveja blanca que acabará siendo pura máscara y falsificación de uno mismo, no libremente elegida, sino único resultado posible del encogido movimiento al que nos limita esta identificación.

Éste es un proceso sanador que se inicia en el contacto con ese yo secreto y con atrevernos a aceptar esta sombra como algo propio que se ha desarrollado así como única forma que hemos  encontrado para salir adelante en la vida, y en lugar de enjuiciarlo y despreciarlo lo tratamos con comprensión y ternura, aunque sin caer en la permisividad. En el momento en que se canaliza esta actitud todo evoluciona y se transforma, y al no suponer una amenaza nos mostramos más honestos, más auténticos y las relaciones con los otros se hacen más fluidas y sin manipulaciones. Es así como cuando puedo sostenerme en que me consideren ruin, mala o loca por reconocerme mi rabia ante determinadas circunstancias o comportamientos de otros, descubro que esa rabia es en realidad una energía de la que me provee mi organismo para tener la fuerza suficiente para poner un límite, una defensa que desde la bondad, la docilidad o la ternura no me es posible, porque éstas son energías de apertura y de fusión, y no son la herramienta adecuada en estos casos.

Y de la misma manera que podemos experimentar cómo la rabia transforma la tolerancia pasiva en energía, podemos vivir cómo el dolor transforma la codicia en discriminación, cómo la ansiedad nos saca de la indiferencia hacia un interés o una meta, que el exhibicionismo puede extraer dignidad y autoexpresión de la vergüenza, que la pobreza facilita la transformación de la avidez en sobriedad, la limitación puede llevar a la libertad, que la rebeldía puede sacar firmeza de la debilidad, que el riesgo nos libera del miedo proporcionándonos confianza, o la temeridad evoluciona hacia la sensatez a través de sentir el temor.

Nada está de más, nada sobra.

“Si los extremos luchan dentro de tu corazón, no elijas. Permite que ambos estén allí. No crees una lucha en tu interior, permite que ambos estén allí. Ambos serán necesarios, con los dos tendrás dos alas y entonces podrás volar”.
- OSHO

Almudena Sosa Guzmán

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