Ensayar lo absurdo para conquistar lo imposible



Desde hace tiempo se nos ha venido asimilando la idea de inteligencia al concepto de cociente intelectual o CI (definido como "edad mental" por la "edad cronológica" multiplicado por 100), algo que así entendido no es más que un "constructo", lo que para los psicólogos viene a decir que no existe una definición del concepto excepto por una vía circular, es decir, una entidad hipotética de difícil definición . Esto es, que se define la inteligencia como aquello que miden los test de inteligencia, a la vez que se aduce que aquello que miden los test de inteligencia es la inteligencia misma.


Esta concepción de la inteligencia empezó a rodar junto a los test de rendimiento en aquellos tiempos en que el trabajo de su principal precursor, Alfred Binet, se terminó pervirtiendo y lo que ofreció su diseñador como una guía práctica para identificar a niños con dificultades de aprendizaje para poder dotarles de ayuda especial temprana fue convertido en un instrumento de medida cuantitativa de una dotación que se consideró heredada, inmutable, determinada y unitaria (como el peso o la altura) y se condenó así duramente en vida a muchos, al profundizar las diferencias individuales en base a la capacidad intelectual con la excusa de introducir mejoras de índole escolar, laboral y/o social.

No obstante, etimológicamente, el término "inteligencia" proviene del latín intellegere (de inter 'entre' y legere 'leer, escoger'), de lo que deducimos que "Inteligente es aquel que sabe escoger", concepto que implica por tanto, aún sea implícitamente, algo tan potente y grandioso como es el "Libre Albedrío", tan alejado de las connotaciones deterministas por las que se ha deslizado históricamente el uso de la noción de inteligencia.

La inteligencia, entonces, por una parte permite la libertad de escoger de entre varias alternativas aquella que puede dar la mejor solución a una determinada cuestión, y por otra entraña un saber, un conocer. Y como dijo Unamuno: “Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe...

¿Saber qué?

La inteligencia no se reduce a saber muchas fechas y datos históricos, a realizar sin errores muchas operaciones complejas, a manejar con soltura diferentes estrategias de persuasión comercial, en definitiva, a tener bien repleto de contenidos el saco mental. Este tipo de inteligencia anda cojo y tropieza continuamente en los difíciles caminos de la vida. Le falta corazón, le falta luz.

Daniel Goleman, con su éxitosa obra: Emotional Intelligence tuvo el acierto de redimir el principio de inteligencia con el socorro la emoción, y restituirnos la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos, esto es, la noción de inteligencia emocional.

Así que se trata de saber de emociones, de la disposición a escucharlas, de la capacidad de descifrarlas y de la facultad de gestionarlas, como modo de facilitar que los conocimientos y destrezas más racionales puedan utilizarse con los mejores resultados en la búsqueda de las propias metas y con las más ricas satisfacciones que optimicen la vida personal y de relación con otras personas.

Dicho en unas simples palabras: “Hay que saber ingeniárselas bien para manejar adecuada y competentemente este complejo vehículo emotivo-actitudinal que nos conforma como "el sí mismo" (el self de los anglosajones) y en el que conducimos nuestras existencias, sin que la ineptitud para gobernarlo nos lleve a derrapar por desconocimiento de sus resortes, engranajes y transmisiones, y por la torpeza funcional consiguiente”.

Ingeniárselas tiene que ver con ingeniería, actividad de transformar el conocimiento en algo práctico, por lo que podemos entender una ingeniería basada en el conocimiento de sí mismo para conseguir transformar modos de comportamiento inoperativos y patrones actitudinales disfuncionales en otros más prácticos y eficientes, tanto en el plano personal como interpersonal. Dicho de otro modo, “una ingeniería fundada en el autoconocimiento con el objetivo de la transformación personal”.

Asímismo, ingeniárselas precisa de ingenio, sustantivo relacionado con el verbo latín gigno, genui, genitus, que significa "traer a la vida", "crear" y es sinónimo de creatividad. Así pues, con el título de "GENIO EMOCIONAL" se alumbra a esta "criatura", mecida en su origen etimológico en la cuna del latín, creatura, en el más amplio y profundo sentido de "crear" algo; criatura concebida en la receptividad del dejar espacio a lo que se presenta y dar sitio a lo que ya estaba, fecundada por el deseo de dar forma a ideas, creencias y vivencias que surgen en el punto en donde convergen la actividad profesional, la motivación vocacional y la experiencia personal, y gestada en la paciencia y confianza de que decanten las cuestiones obvias y soltar las aparentes.

Bautizamos, pues, a esta "creatura" con el nombre de "GENIO" no sólo en base a su acepción de la RAE más relacionada con el de "Inteligencia", concibiéndolo como "Capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables", sino tomando también aquella que hace referencia al "Carácter", definiéndolo como "Disposición ocasional del ánimo por la cual éste se manifiesta alegre, áspero o desabrido".

Por otro lado, la creatividad insta un compromiso a atreverse, a arriesgarse, a mostrarse valiente. La creación es un tipo de descubrimiento que apremia a "salir de la rutina”, a dejar la “zona de confort” hacia lugares nuevos en donde pueda producirse el cuestionamiento y la experimentación práctica, y se fomenten así las conexiones cognitivas y emocionales precisas para suscitar procesos mentales y/o conductas relevantes ante circunstancias difíciles, destrezas limitadas o conocimientos insuficientes.

Por algo nuestro grande Miguel de Unamuno escribió: “Sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”, de cuya sapiencia volvemos a abusar muy conscientemente y hacemos de su sentencia el lema de este sitio.


Centro Almapsy

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